“Terminó, pues, Salomón la casa de Jehová, y la casa del rey; y todo lo que Salomón se propuso hacer en la casa de Jehová, y en su propia casa, fue prosperado. Y apareció Jehová a Salomón de noche, y le dijo: Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio”. 2 Crónicas 7:11-12.

La súplica de Salomón ante su Dios nacía de un corazón derramado ante los pies del único todo poderoso que podía ayudarlo. Él mantenía la firme convicción de que su oración sería respondida porque caminaba en fe. Dios le recordaba a Salomón que por más riquezas y poder que Él podía ofrecerle, su propósito era mantener al pueblo buscando su rostro y reconociéndolo como su Dios.

Dios cumple su palabra en todo aquel que de rodillas le busca. Afirmando que: “Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. 2 Crónicas 7:13-14.

Humillarse en fe es reconocer que Dios nos llamó y escogió. Reconociendo que todo aquello que un día nos hizo mal, quedó en el pasado. De esta manera, asumimos que por medio de nuestro Dios hallaremos: libertad, restauración y perdón. Humillarnos en fe es una decisión. No hace falta esperar que nuestro pecado nos consuma para entender que Dios nos ama y que por medio de Él tenemos promesas y un propósito eterno.

Así como Dios demandaba de ese pueblo sacrificio y humillación, demanda de Venezuela y de cada uno de sus habitantes un cambio determinante. Personas diferentes que busquen en primer lugar el rostro de Jesús y no solo piensen en las riquezas de su tierra. Que ante todo defiendan a su prójimo con amor y no piensen tanto en los beneficios que este pueda darle. El cambio de Venezuela no vendrá si la iglesia no cambia. “No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Filipenses 2:4. Dios requiere que sus hijos sean siervos íntegros que se den y velen por su pueblo en todo momento.

Cuando nos hacemos llamar cristianos es porque seguimos el ejemplo de Jesús. No es por cómo nos vestimos ni por cuántos versículos nos sabemos de memoria sino por el fruto que damos a través del amor y la humildad que adoptamos de Jesús. Dios nos dio posición de siervo para que le adoremos en espíritu y verdad y también para servirle a nuestro prójimo. La mayor demostración de servicio es dar amor y ser ejemplo ante los demás.

Solo cuando determinamos en nuestro corazón la voluntad de Dios, sus promesas, su capacidad y propósito entra a nuestra vida. Si Jesús nos llama es para lo mejor: mejores padres, mejores hijos, mejores siervos, mejor iglesia. Aprender a depender de Dios nos llevará a convertirnos en hombres llenos de fe.