1 Corintios 15:1-4 “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.

Tenemos que darle gracias Dios porque estamos en un lugar donde se predica palabra de fe, palabra de vida, que nos levanta del pecado, que nos afirma y nos lleva a predicar una palabra viva y eficaz, que nos llama a ser siervos, y a mostrar a Jesús como el centro de la iglesia y de nuestras vidas. Esa palabra de fe que nos ha sido impartida, es para que perseveremos en ella, porque muchas veces nos da vergüenza y hasta flojera, buscar y escudriñar la palabra, nos motivamos solo a buscar nuestros propios intereses personales o seguir palabra que da otro, y que nos dice que en Jesús no hay esperanza, que no es necesario perdonar a nuestro hermano ni perdonar los errores de otros.


La palabra de Jesús nos lleva a rechazar el pecado, la muerte y la destrucción, nos lleva a correr a los pies de Jesús a buscar el oportuno socorro, nos lleva a cambiar, nos lleva a persistir buscando el rostro de Jesús y ese amor que nos muestra nuestro Padre celestial diciéndonos que hay recompensa en nuestro sacrificio, cuando realmente decidimos apartarnos para seguir a Jesús, cuando aceptamos ese acto de amor. Jesus no nos desea el mal y no nos atrae hacia Él para mal, mas cuando pasamos por el fuego somos purificados como el oro fino. Todos los días de nuestras vidas debemos soñar, anhelar y creer por un milagro, ¿pero a quien le creemos?, ¿acaso le creemos a las circunstancias?, ¿le creemos a consejos de amigos que no se aferran a Cristo?


1 Corintios 15:9-11 “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Porque o sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído”.


El apóstol Pablo entendía lo que era sembrar en la humanidad, pero nada de esto tenía validez porque aún no se le había revelado Cristo, hasta que se le apareció. Si podemos poner nuestros sueños en Jesús, entonces tendrán validez en esta tierra y en los cielos. No necesitamos humillar a nadie con nuestra fe, pero tampoco podemos permitir que nadie venga a desincrustar de nuestros corazones que Jesús murió por nosotros, que pago un precio por amor, un alto precio.


Ese mismo amor nos lleva a morir a nuestras actitudes, dice la palabra que todo lo que se ve fue hecho de lo que no se veía, cuando le decimos que no a esa condición de pecado, entonces comenzamos a crecer, comenzamos a llenarnos de musculatura espiritual, así como cuando salimos a ejercitar nuestro cuerpo y entendemos que también es necesario una buena alimentación, de esta misma manera sucede en el mundo espiritual.


Cada día Dios nos dice ¡no desmayes, sigue adelante! Hay personas que no entienden ¿Por qué salimos a las calles?, ¿por qué salimos a dar?, nuestra posición no debe ser la de juzgar sino seguir sembrando y seguir creyendo, porque sencillamente Jesús vino a morir por la humanidad. Ese tiempo que dedicamos en instruir a otros tiene recompensa, cuando cubres la necesidad de tu hermano, del necesitado, tiene su recompensa, ese tiempo que como esposo o esposa dedicas en paciencia y amor a tu pareja e hijos tiene su recompensa, ese tiempo que como hijos nos sujetamos en obediencia a nuestros padres tiene recompensa. Hermanos, ¡en Cristo hay esperanza, hay recompensa!