1 Pedro 1:17-19 “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.

Se nos debe revelar que tenemos un Padre en los cielos, el cual queramos o no aceptarlo nos ama y nos acepta; pero ese mismo Padre juzga las obras de cada uno, sean buenas o malas, ya que Él mismo pagó un precio especial por ti entregando la vida de su único hijo Jesucristo, el cual compró tu salvación, no con dinero, ni con oro, ni con plata, ni muchos menos con cosas corruptibles, sino con la preciosa Sangre de Jesús.


Ese mismo precio nos garantiza que nada ni nadie, ni lo alto ni lo ancho, ni lo profundo, ni ángeles, ni potestades, ni ninguna cosa creada nos podrán separar del amor del Padre, que podrán venir tempestades, conflictos, dificultades pero nada podrá sacarte del cielo, porque pagó con lo único que es imborrable, la preciosa Sangre de Jesús para que nadie pueda decirte que no vales.


El que confiesa el nombre de Jesús, el que practica su palabra, el que no se deja corromper tiene su morada en los cielos pues Jesús es el único que redime y que puede remover el pecado en nuestra vida. No somos máquinas a las que Dios quiere manipular, somos su creación, hijos suyos, lo que nos hace partícipes de todas sus bendiciones. Podemos pensar incluso que tenemos muchos enemigos pero el único que nos puede sacar del cielo somos nosotros mismos.


Hebreos 10:19-25 “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”.


Jesús nos hizo libres de la idolatría, de la tristeza, de la falta de conciencia, dejadez, indolencia entre tantas cosas; pero también nos dio libre albedrío. Mientras que la religión muchas veces nos da las directrices que marcan si somos capaces o no de seguirle, Dios nos da la libertad de escoger si seguirle o no. Aun cuando decidamos no seguirle sigue siendo nuestro Padre celestial, tengamos conciencia que así como nos ama juzga las obras de cada quien; si bien es cierto que Jesús pagó por todos y por cada uno, eso no nos da el derecho de hacer todo aquello que no nos conviene.


Jesús también nos llama a predicar su palabra. Si muchos creyeron en Jesús cuando él predicó, asimismo cuando salgamos a predicar esa misma palabra de vida muchos escucharán y creerán. No seamos orgullosos, prepotentes, violentos o acusadores pues es muy diferente que nos aborrezcan por nuestras acciones a que lo hagan porque seguimos y predicamos la palabra de Jesús.


Tengamos en cuenta que esa preciosa Sangre nos da libre acceso al trono de la gracia, nos da acceso para acercarnos confiadamente a la presencia de Dios con un corazón sincero, sabiendo que cada día necesitamos de él. Jesús vino para dar vida y debemos considerar a nuestros hermanos, porque si Jesús vino por nosotros, lo cual es muy cierto, también vino por ellos, así que no seamos de tropiezo, sino más bien seamos un canal para que muchos puedan acercarse a Cristo, animándolos cada día a buscar su presencia.