Juan 21: 1-6 “Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada. Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; más los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.”

Este Pedro que había caminado sobre las aguas y a quien se le había revelado Jesús se encontraba ahora derrotado, luego de haberlo negado tres veces, hundiéndose en las aguas por las que una vez había caminado, pasando por la noche más oscura de su vida. Hemos tenido noches muy oscuras por nuestra incredulidad, apartando nuestra esperanza del autor y consumador de la fe, con la tentación de volver a los pecados anteriores. Muchas veces hemos abierto puertas para recordar de dónde fuimos librados, hemos levantado idolatría, hemos vuelto a alguna posición egoísta donde nos cuesta mucho invitar a nuestra familia a orar, invitar a alguien a la iglesia a escuchar palabra de Dios.

No podemos ser ciegos guiando a otros ciegos. Tenemos que buscar la excelencia en nuestras vidas, tenemos que ser entendidos y saber cuándo alguien necesita de nuestra ayuda para llevarlo a los pies de Cristo ya que hay un proceso más grande y que está por encima de todas esas cosas: una realidad, una vida eterna; allí es donde Dios nos quiere ver a ti y a mí. Nuestro mayor interés debe ser siempre la salvación de las personas, que todos puedan conocer al Jesús que tenemos en nuestro corazón. No podemos ser desobedientes, guiando a otros desobedientes. Hay que asumir liderazgos no con arrogancia, sino con una responsabilidad tan grande que es empujar a la iglesia a Jesús. Nuestra mirada debe estar puesta en Jesús, el centro del evangelismo es Jesús, el centro del Evangelio Cambia es Jesús.

Debemos dar el primer lugar a Jesús en nuestros planes, en nuestras reuniones. ¿Dónde habita Dios? en medio de la alabanza de su pueblo; es decir si venimos a la iglesia debe ser a adorarle y a alabarle, si venimos a servir debe ser para honrar a Jesús. Es Él quien realmente sopla espíritu, es quien conforta el alma, es Jesús quien nos mantiene unidos al Padre y nos da vida.

Pedro a pesar de tener toda la experiencia en el mar, en la pesca, no había podido sacar un pez en toda la noche, había puesto su confianza en su capacidad y experiencia. Todos los días de nuestras vidas necesitamos venir a los pies de Cristo, reconociendo su señorío, poner en sus manos el más mínimo plan, pensamiento o proyecto para que sea Él quien dirija, quien corrija, levante y restaure. No necesitamos quedarnos en ese lugar oscuro, el odio puede ser muy profundo, la debilidad puede ser muy grande, pero en medio de todo allí está JESÚS.

A pesar de que Pedro le había negado tres veces, con el mismo amor y con la misma posición con que lo llamó por primera vez, en ese amanecer, lo volvió a llamar. No volvamos al mismo pasado de donde Jesús nos sacó una vez. El que se acerca a Jesús se acerca al mismo Dios, real, fiel verdadero y justo. Veremos como en ese mismo lugar donde pensábamos pescar sin Jesús, con su dirección y favor Él vendrá a bendecirnos y a llenar nuestra red. Cuando nos volvemos a Jesús las tinieblas cesan, la provisión viene de una manera inexplicable y sólo Jesús sostiene nuestro corazón sin permitir que se dañe o se rompa.